Conceptos fundamentales de Antropología política aplicados a la Historia Antigua

Se da mucha confusión en la terminología que los historiadores de la Antigüedad manejan cuando se trata de calificar las organizaciones socio-políticas de nuestra protohistoria, comúnmente llamadas «pre-estales» (convencionalismo que aceptamos en la medida en que tampoco ponemos objeciones a Pre-historia, por ejemplo).

El problema es que apenas es posible comprender cabalmente de lo que hablamos cuando usamos una terminología sobre la que apenas hay consenso, y sobre todo, sobre la que no hay refer

Me gustaría aclarar diferentes conceptos apelando a la Etnología o Antropología Cultural, una disciplina cuyo profundo acervo teórico y metodológico me parece injustamente despreciado en Historia Antigua, como si existiesen diferencias sustanciales o de naturaleza entre las sociedades del pasado y las que son materia de estudio de la Etnología, las llamadas «sociedades etnográficas».

En esta disciplina la tradición de estudios sobre las sociedades etnográficas equiparables a las protohistóricas del área europea inmediatamente prerromanas, remontan a los pasados años 60 (cf. Elman Service, Primitive Social Organization, 1962). Su conocimiento directo, empírico, permite afinar y distinguir bien los matices, a veces sutiles, que distinguen diferentes tipos de relaciones sociales según el tipo de sociedad que tratamos. En este sentido, nos interesa definir adecuadamente el concepto de «jerarquía social» para distinguirlo adecuadamente del de «estratificación»; los «sistema de jefatura», para diferenciarlo bien de las sociedades jerárquicas en general o del mismo Estado; y, cómo no, las llamadas «sociedades gentilicias».

Jerarquía social

Las sociedades de la Prehistoria comienzan un proceso imparable de jerarquización social desde el Neolítico, cuando la sedentarización conduce a la apropiación de la tierra y la posesión de ésta se convierte en un recurso por el que competir. La acumulación de riqueza por parte de algunos sectores sociales se ve favorecida paseninamente tras el surgimiento de la metalurgia, cuando se hace posible transportar y atesorar escasos bienes muebles pero de mucho valor (objetos metálicos: herramientas, armas, adornos, joyas… ).

Se cree que las primeras elites socio-políticas nacen precisamente durante la Primera Edad de los Metales (Calcolítico, ca. 3000 a.e. en la Península), cuando unas primeras tumbas individuales destacan sobre otras por la importante concentración de bienes de prestigio en sus ajuares (armas y joyas, fundamentalmente), señalando el elevado estatus de sus dueños. 

Petroglifo de Cotobado (Pontevedra)

Desde el surgimiento de estos inequívocos signos de jerarquización social hasta la Romanización, no dejaremos de encontrar en el registro arqueológico nuevos elementos de cultura material objeto de acaparamiento por partes de las elites. Este proceso se verá intensificado por las relaciones exteriores y los contactos comerciales con otras sociedades más o menos alejadas, de las que provienen objetos exóticos y sofisticados, cuya posesión añadirá riqueza y prestigio a las elites que controlan sus circuitos de intercambio.  

Cuando hablamos de JERARQUÍA SOCIAL en la Protohistoria europea referimos la existencia de diferencias de rango en la escala social en razón del estatus de los individuos (posición según prestigio social y riqueza). La influencia de estos individuos sobre el resto procede de la posesión de esos bienes de prestigio —de los que también controlan las redes de intercambio—, no del monopolio sobre el principal medio de producción en las sociedades antiguas, es decir, la tierra, en la que en última instancia residen las posibilidades de subsistencia de todas las familias. Este factor es el que distingue la Jerarquía Social en las sociedades no estatales del concepto de ESTRATIFICACIÓN SOCIAL, más adecuado al análisis de las diferencias de clase en los sistemas estatales, en los que unos individuos se imponen sobre otros negándoles el acceso a los medios de subsistencia básicos, llenando de sentido lo que entendemos por «explotación económica».

Sistemas de jefatura

Varias lenguas indoeuropeas conocen un término común para referir al líder político: indio rajan, latín rex, celta rix, y aunque es justo traducir ese término como «rey», la acepción moderna está muy lejos de expresar lo que significaba en la Antigüedad. Para marcar distancias con el monarca moderno podemos emplear la expresión «rey arcaico», o bien referirnos al «jefe», siempre que nos ciñamos al concepto de líder político descrito por la Antropología Cultural en los llamados Sistemas de Jefatura.

LOS SISTEMAS DE JEFATURA son una forma avanzada de liderazgo, en los que un personaje prominente de la comunidad alcanza el rango de JEFE, lo que supone situarse en el centro de la comunidad para dirigir sus acciones colectivas y para protegerla en momentos de peligro.

Como los jefes aparecen en sociedades tribales capaces de generar excedentes y en el interior de los grupos sociales que controlan los intercambios económicos, estos personajes centrales o son ricos o disponen de los medios para conseguir riquezas. Por este poder y/o capacidad suelen reunir a su alrededor numerosos clientes, un grupo de seguidores leales que le ofrecen servicio a cambio de favores y protección.

Hay una diferencia esencial respecto a la institución romana del patronato-clientela o el feudo medieval, y es que el cliente en las jefaturas no vende sus servicios a cambio de usufructuar las tierras del jefe, pues no es ningún «desheredado». De ahí que las Jefaturas no se consideren, como los Estados, «sistemas de explotación económica» (recordar lo dicho supra sobre la «estratificación social»).

A ello se añade que, en muchos casos, los jefes ocupan un cargo electivo (no hereditario) al que se accede no por la fuerza, sino exhibiendo un carisma personal y la siguiente serie de aptitudes personales:

  • Los jefes deben ser valientes, participando activamente en el campo de batalla, aunque sea protegido por un círculo de clientes. Ningún jefe cobarde puede optar legítimamente a esa posición.
  • Los jefes deben ser generosos, pues solo repartiendo sus beneficios podrán reproducir el sistema de dependencias personales que crean, precisamente, ofreciendo regalos. En una economía del intercambio de objetos de prestigio basada en el principio del «don y el contra-don», del quid pro quo (una cosa a cambio de otra), siendo dadivoso el jefe obliga a la devolución futura de sus regalos, estrechando así los vínculos con los que le deben obligaciones. En algún momento de este sistema, donde se gana prestigio con la generosidad, todos devuelven más de lo que reciben, de manera que el jefe, al ser el centro de todos los intercambios, acumula más bienes de los que dispensa. La generosidad del jefe, además de funcionar como un medio de enriquecimiento personal, fortalece los vínculos de dependencia con sus seguidores y crea la imagen de que todos reciben en justicia lo que les corresponde.
  • Los jefes deben ser carismáticos, especialmente elocuentes y persuasivos. Puesto que no disponen de medios de coerción violenta institucionalizados (como una policía o un ejército), los jefes necesitan convencer para atraerse las voluntades de los otros, no habiendo otro modo de imponer su voluntad. Su poder no es más que una forma exitosa de influencia personal y ascendencia sobre sus semejantes.

Indíbil y Mandonio, jefes ilergetes (escultura en Lleida)

Pero la posición social sostenida sobre tanta excelencia puede desvanecerse en cuanto se pierde o renuncia a ella, pues el jefe debe ser, ante todo, justo, es decir, respetar los principios que sostienen sus privilegios y garantizan la justicia. 

La Jefatura no se confunde con el Estado porque la primera puede desaparecer con la muerte del líder, mientras que el Estado «no se mata», pues no depende de un «cargo» individual, sino de un bien trabado aparato administrativo. El asesinato del jefe indigno es una práctica habitual en los regímenes de jefatura, donde es preciso que el rey incapaz muera para que vuelva a establecerse el equilibrio social, pero no antes de pasar por un «caos cosmológico». La jefatura paga el precio de una disolución del propio sistema, no para que sobreviva el cargo, sino la Justicia, entendida como Orden Cósmico. El sistema solo volverá a restaurarse si hay alguien digno de tal mérito. Si no, nada impide a la comunidad regirse por un sistema político más igualitario.

En la Protohistoria peninsular los pueblos indígenas estaban ampliamente atomizados, es decir, políticamente divididos, de manera que la autoridad de los jefes a penas traspasaba los límites de sus pequeñas comunidades. Las fuentes clásicas informan sobre su existencia, calificándolos muchas veces con términos despectivos, como reguli «reicitos», u otros que señalan la preeminencia en un régimen de tipo aristocrático (griego dynastes o latín princeps).

Sociedades Gentilicias

La diferencia del sistema de jefatura, que tiene su definición más precisa y exhaustiva en el campo de la Antropología Cultural, el llamado «sistema gentilicio» nace en el campo de la Historia Antigua, concretamente en el siglo XIX, para dar cuenta del carácter del genos y a genes en la Grecia y Roma antiguas, siendo las estructuras sociales sobre las que se organizaba la comunidad en momentos previos al surgimiento de la ciudad-estado.

El genos griego y a genes romana son términos que comparten etimología, pues provienen de *generar», raíz que ha producido en las lenguas romances una extensa familia légica: gente, génesis, generación, generación, generación, generación, etc.

Las fuentes clásicas greco-romanas refieren con estos términos grupos de parentesco extensos cuyos miembros están ligados por obvios vínculos «genéticos» y «genealógicos», es decir, se reconocen unidos por lazos de parentesco y descendencia respecto a un antepasado común, tan alejado en el pasado que es habitual imaginarlo como un heroe fundador lendario, incluso como un dios.

A estos grupos, llamados «gentilicios», se supone una naturaleza corporativa muy acusada, pues sus miembros compartían múltiples derechos y obligaciones: propiedad familiar, derechos de herencia, lugar de sepultura, culto a los ancestros, obligaciones de asistencia música y venganza de sangre, nombre gentilicio, etc.

Genealogía mítica de la Gens Iulia (estirpe de Julio César)

Estos grupos de parentesco se conocen sólo por las fuentes escritas (no pueden deducirse del registro material), por tanto ya en el seno de la ciudad-estado, pero resultan sospechosamente semejantes a los «clanes» que están en la base organizacional de determinadas sociedades de tipo tribal.

Aunque la expresión «organización gentilicia» está en franco retroceso, es preciso recordar que en ambiente hispánico el término gens o derivados (vg. gentilitas) refería en época altoimperial grupos sociales indígenas (ástures o lusitanos), que a la vez estaban integrados en comunidades más amplias: el populus (latín «pueblo»)

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