
Pautas para el comentario
1. Naturaleza del texto
a) En primer lugar, se debe establecer la categoría y estilo del texto al que nos enfrentamos. El texto puede ser de carácter epigráfico, epistolar, literario (narrativo, poético, épico…), legislativo, político, filosófico, religioso, administrativo, etc.
Estamos ante un texto griego de filosofía moral.
b) En segundo lugar, debe indicarse el autor y el título de la obra (si se conocen) de los que procede el texto: alguna “pincelada” biográfica, la lengua original en la que el texto está escrito y a quién o quiénes estaba dirigido.
c) En tercer lugar, debe identificarse con claridad el lugar de origen del texto, es decir, su procedencia geográfica.
d) A continuación, resulta ineludible señalar la datación del mismo: establecer su cronología exacta o lo más aproximada posible.
Se conoce como Pseudo-Aristóteles a un autor anónimo a quien en la actualidad se atribuyen obras que fueran atribuidas a Aristóteles de Estagira en el pasado. Esta confusión habría sido favorecida por el hecho de que muy probablemente el autor se habría formado en la escuela peripatética del estagirita y su obra catalogada por afinidad temática dentro de esta escuela ateniense.
Este fragmento forma parte de la obra conocida como Oikonomikos «sobre la gestión del oikos», obra homónima del ateniense Jenofonte (s. IV a.e.), aunque probablemente posterior en varias décadas (finales del si IV, incluso s. III a.e.)
2. Resumen del texto.
Se expone en pocas palabras cuál debe ser el comportamiento y funciones de una «buena esposa»: ocuparse exclusivamente de los asuntos domésticos, obedecer a su marido, exhibir moderación, modestia y discreción, e inhibirse de tratar cualquier asunto público o simplemente extra-doméstico, como la planificación del matrimonio de sus hijos.
3. Descripción y explicación del contexto histórico.
Nos situamos en la Atenas clásica y helenística, en una cultura profundamente misógina, cuyos orígenes remontan, documentalmente, al mismo Homero y Hesíodo (s. VIII-VII a.e.), y se prolonga en la poesía lírica en autores como Simónides de Amorgos (s. VII-VI a.e.), famoso por su Yambo o Diatriba contra las mujeres, sátira moral en la que clasifica a las mujeres identificándolas con diferentes tipos de animales que representan todos los vicios imaginables (cerda, zorra, perra, asna, comadreja, yegua, mona), excepto la abeja, a cuya categoría atribuye las únicas mujeres dignas de consideración: laboriosa, discreta, fiel a su esposo, fecunda, evita el chismorreo, hace crecer la prosperidad del hogar.
Como podemos observar, poca diferencia hay entre la mujer-abeja de Simónides y la buena esposa de la que se nos habla 300 años más tarde en el Oikonomikos, sea el de Jenofonte, sea en el texto que nos ocupa.
El gineceo fue el lugar de la casa destinado al trabajo doméstico de las mujeres de familia noble y sus esclavas en época clásica, consolidando la función separada de los espacios domésticos de época arcaica, como se refleja en las palabras de Telémaco al enviar a su madre Penélope a sus aposentos en el piso superior del palacio (thalamos), lugar opuesto a la sala de reunión de la planta baja o mégaron, donde el señor de la casa recibía a sus invitados (lo que más tarde se conocerá en el mundo dorio como andreion: sala de reuniones o lugar de los hombres).
«Madre, retírate a tus aposentos y cuida de tus tareas propias, el telar y la rueca; hablar es cosa de los hombres, y mía principalmente, pues yo gobierno esta casa.» Homero. Odisea I, vv. 356–359
«Hijo de Jápeto [i.e. Prometeo], muy astuto, de veras te alegras por haber robado el fuego y engañado mi espíritu; pero será un mal para ti, y también para los hombres del futuro.
Y al decir esto ordenó al ilustre Hefesto que mezclara sin tardanza tierra y agua, y que insuflara en la figura humana una voz y una fuerza humanas; y que le diera forma de una doncella hermosa. Mandó a Atenea que le enseñara labores y tejidos delicados; a las Gracias y a la venerable Persuasión que la adornaran con collares, y a las Horas, de hermosas trenzas, que la revistieran con flores primaverales. A Hermes, el mensajero argicida, le ordenó que le diera un ánimo taimado y un carácter embustero.
Y todos obedecieron al rey Zeus, hijo de Crono: el célebre artesano Hefesto modeló un cuerpo semejante al de una virgen pudorosa, por voluntad del padre; la diosa Atenea la engalanó y le enseñó múltiples labores; las Gracias y la divina Persuasión colgaron de su cuello collares de oro; las Horas la coronaron de flores.
Y Hermes, mensajero del dios, puso en su pecho palabras falaces y un ánimo engañoso. Finalmente el mensajero de los dioses le dio un nombre: Pandora, ‘la que recibe todos los dones’, porque todos los que habitan el Olimpo le concedieron un presente.
Cuando completaron aquel ineludible mal, lo llevaron donde estaban los hombres. Y al verla los hombres sintieron asombro. Pues de la mujer nació el mal: ese funesto ser que Zeus altitonante hizo para los mortales, en sustitución de un bien» (Hesíodo. Los trabajos y los días, 65-90)
Allí, en el gineceo, se situaba, como decimos, el lugar reservado a la gyné, como se denominaba a la «mujer propiamente dicha» (la esposa), frente a otros tipos de mujeres, como la parthenos (la chica virgen que se prepara para el matrimonio), o la de clase social inferior, cuya honra no se reñía con el trabajo en el campo o en el taller de los hombres (y, por tanto, no vivía en casas con gineceo). Estaba también aquella otra, mujer desamparada que, sin la tutela de un padre y el apoyo de una familia, sino acaso bajo la explotación de un proxeneta, se veía abocada a la prostitución, bien como prostituta callejera (porné), bien como prostituta cortesana (hetaira).
Las hetairas, por cierto, solían trabajar en los simposios de las casas de los hombres ricos —los que vivían en casas con gineceos y podían permitirse dedicarse a la política y la filosofía—, amenizando aquellas veladas de hombres con su canto, su música y sus servicios sexuales.
De esa separación de espacios y roles nuestra cultura ha heredado la muy diferente valoración del adjetivo público referido a hombres y mujeres: el «hombre público» es el político, mientras que la «mujer pública» es la prostituta, pues no se concebía que hubiese mujeres de relevancia fuera de sus hogares. Todo ello se especiaba con los discursos filosóficos y médicos del momento (cfr. Tratados Hipocráticos), que justificaban en su fisiología la inferioridad y pertenencia de las mujeres al «lado salvaje» de la humanidad: el incomprensible e inquietante fenómeno de la menstruación llevaba a explicar casi cualquier teoría absurda sobre el carácter animal y desbocado del comportamiento femenino.
Para relativizar un poco esa imagen de enclaustramiento absoluto de la gyné clásica, algunos historiadores/as han resaltado le presencia de las mujeres en diferentes cultos públicos (durante la celebración de las Tesmoforias en honor de Deméter, de las Panateneas en la acrópolis ateniense en honor a Palas Atenea, o en los misterios eleusinos dedicados a Deméter y Dionisos en Eleusis-Ática, etc.). E incluso se han querido destacar imágenes pintadas en los vasos áticos de figuras negras y rojas en los que se representan mujeres con su hidra o cántaro recogiendo agua de las fuentes públicas construidas por el tirano Pisístrato. Habrá que reconocer, entonces, que el enclaustramiento de las damas atenienses no era absoluto…

[Sobre la mujer en la época clásica, Tema 7 del manual]
4. Conclusiones
En este apartado final se deben incluir las consideraciones finales surgidas del análisis previo del texto. a) Deben resaltarse aquellos términos e ideas que, por su importancia, conducen a la adecuada comprensión del texto. Es decir, aquellas palabras que, a nuestro juicio, resultan “clave” para la interpretación del contenido del documento. b) Sería pertinente aquí establecer, siempre brevemente, posibles paralelos históricos cercanos. c) Sería conveniente, a su vez, señalar posibles consecuencias históricas o la trascendencia de la información que proporciona el texto. d) Las conclusiones podrían cerrarse exponiendo brevemente la opinión personal o de algún historiador que se haya acercado al texto o a la época en la que éste se sumerge.
Nota adicional: No es necesario que en la redacción del comentario aparezcan indicados literalmente estos cuatro apartados. De hecho, lo ideal es que, siguiendo como guía estas pautas, dicha redacción sea continua, clara y fluida (sin errores gramaticales, ni faltas de ortografía). Todos los términos latinos deben ir en cursiva (o, en su defecto, subrayados).
La Grecia antigua, por lo que sabemos, poseía y cultivaba una imagen de las mujeres como seres disminuidos física e intelectualmente, algo en lo que abundaban especialmente los filósofos peripatéticos en su filosofía moral. Esta ideología patriarcal se venía arrastrando desde la época arcaica y no se percibe cualquier cambio en la consideración negativa de las mujeres, sino acaso un mayor abundamiento en la razón última de su inferioridad por parte de los filósofos y médicos, muy atentos en época clásica a las supuestas razones fisiológicas de la inferioridad y naturaleza voluble y «del lado salvaje de la cultura» propio de las mujeres.