El templo itálico

Las colonizaciones griegas de la época arcaica, entre ss. VIII-VI a.e., constituyen el contexto general que explica la aparición en el mundo etrusco y lacial de las primeras arquitecturas templarias.

En el espacio geográfico ocupado por etruscos y romanos (Toscana y Lacio, respectivamente) vemos como se desarrollan manifestaciones artísticas comunes, dependientes en ambos casos de una fuerte influencia de la cultura helénica de la Magna Grecia.

Etruria. Expansión desde el siglo VIII al VI a.e.
El Lacio. Ciudades entorno a los Montes Albanos, centro religioso latino.

En Etruria

Los primeros espacios arquitecturizados destinados al culto pudieron haber surgido en los palacios, como el de Murlo (s. VI), donde hay una pequeña estancia interpretada como capilla.

En el palacio de Acquarossa (s. VII-VI), por el contrario, un pequeño templo con pronaos se independiza del palacio, separado por una calle.

En ambas mansiones se encuentran fuertes influencias orientalizantes, especialmente griegas y posiblemente también fenicio-púnicas, como las plantas con patios interiores porticados rodeados de estancias, o la incorporación de la teja en la techumbre. También son griegos algunos de los temas mitológicos y costumbristas que decoran las lastras de terracota que recubren las cornisas, con los que se identificaban las aristocracias que habitaban esos palacios (hazañas de Heracles, banquetes, asambleas, carreras de caballos, etc.)

Vitrubio, el arquitecto latino autor de los famosos 10 libros De Architectura, describe el templo etrusco como un edificio de planta casi cuadrada, dividida en una pars antica (parte anterior), abierta al exterior y porticada con dos o más filas de columnas; y la pars postica (parte posterior), con división tripartita o tres naves. A este modelo se acomoda bastante bien el Templo A de Pyrgi (mediados s. V) que vemos en la ilustración (a la izquierda).

Pero el modelo puede presentar algunas variaciones, como el número de filas de columnas en la pars antica, que pueden ir de 1 a 3, o también el número de naves, pues pueden presentar solo la cella y una falsa apariencia de tripartición.

A todo ello se añade el característico ESTILO TOSCANO: la forma de las columnas parece dórico, con ábaco y equino, pero el fuste es liso no estriado o acanalado; la columna arranca de una basa, no directamente del estilóbato, del que tampoco dispone, sino solo de un podio.

Durante el período arcaico, los tímpanos toscanos estaban huecos, respetando el espacio vacío entre dos aguas que se formaba en la arquitectura doméstica más primitiva. Solo poco más tarde, adentrándonos en el período clásico, los tímpanos se decoran con relieves a la manera griega, pero también con diferencias notables: las figuras adquieren tal volumen y las escenas tanta profundidad (se puede observar variedad de planos superpuestos), que parece impropio llamarle relieve a la técnica empleada. Sin duda ayudaba a alcanzar esta volumetría el uso del moldeado de terracota en la elaboración de las diferentes figuras, que son prácticamente en bulto redondo (fig. tímpano de Pyrgi A, s. VI)

En el templo, al igual que en el palacio, los elementos más reconocibles del arte etrusco, elaborados todos en terracota, se localizan en los tejados: la cubierta de tejas se remata en series de antefijas; los frisos se decoran con lastras adornadas con relieves de escenas diversas; el columen (viga mayor) y los extremos del tejado se adornan con acróteras (estatuas con humanos o animales, generalmente mitológicos); ver fig. reconstrucción del palacio de Murlo.

Destinadas a coronar el columen de uno de los templos etruscos más famosos, el de Veyes, son las esculturas exentas que representan a Hércules y Apolo, entre otras peor conservadas.

Al primero se le reconoce iconográficamente por la leonté o pellejo de león que porta sobre sus hombros; se representa en actitud de someter una pieza de caza. Al segundo, vestido con una túnica jónica y una larga cabellera rizada, se le reconce por la lira que se representa a sus pies. En conjunto recrean el mito de la caza de la cierva de Cerinea, propiedad de Ártemis y tomada presa por Hércules.

La influencia griega, dada en el propio mito representado, se refleja también estilísticamente en la figura de Apolo, sobre todo, pues nos recuerda en numerosos rasgos a los kouroi del arcaísmo griego: en los pliegues de la túnica, el tratamiento de los tirabuzones del peinado, en la sonrisa arcaica…

Estas figuras estarían enfrentadas y dispuestas a lo largo del columen del templo, como puede verse en este vídeo que reconstruye todo el conjunto arquitectónico:

El templo romano arcaico no es sustancialmente diferente de los etruscos que hemos estado tratando, como veremos a continuación.

En ROMA

En el mundo lacial, o más específicamente en Roma, la aparición de los templos como edificios independientes también se produce de manera progresiva, originándose en fechas que rondan los siglos VII-VI.

El primer edificio cultual del que tenemos noticia, la Regia, es una construcción en la que lo religioso todavía se mezcla con lo civil, como era habitual en los palacios antiguos. Pero enseguida, con la maduración del espacio urbano, se van introduciendo templos propiamente dichos, construcciones independientes, dedicados al culto de una determinada divinidad.

Domus Regia. Reconstrucción hipotética.
Templo primitivo de Vesta. Reconstrucción hipotética (Carandini).

Aparte del primer templo dedicado a Vesta, de morfología y cronología problemáticas, los templos más antiguos de la Urbs se sitúan en la zona del Foro Boario, próxima al Tíber (junto a la iglesia de San Omobono). Aquí se localizaban los templos dedicados a Fortuna y Mater Matuta (la aurora), en sus facetas económica y comercial. Los edificios habrían surgido sobre antiguos espacios de culto al aire libre, donde en torno a mediados del siglo VI el rey Servio Tullio habría erigido las primeras construcciones.

Frontón del templo de Mater Matuta.

Erigido también en período monárquico, por tanto en época arcaica, conocemos el templo de Júpiter Óptimo Máximo levantado en el Capitolio. Según las fuentes clásicas, habría sido mandado construir por Tarquinio Prisco pero rematado en tiempos del Soberbio, siendo, por tanto, casi contemporáneo de los del Foro Boario.

Aunque solo se conservan de él parte de los cimientos, la magnitud de los restos sugiere unas dimensiones imponentes. Era un templo hexástilo y poseía triple cella.

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