¿Acaso consistía la clientela celta en chupar pezones?

Sobre un gesto de sumisión en la Irlanda pagana

Patricio era un chico británico de clase acomodada que tenía solo 16 años cuando fue capturado y vendido en Irlanda, donde fue obligado a cuidar ovejas. Corría aproximadamente el año 400 y aquel joven no era otro que el santo a quien se atribuye la cristianización de la isla. Él mismo nos cuenta en sus Confesiones (17-18) que logró huir tras seis años de cautiverio. Pero para embarcar de vuelta a casa, la tripulación le exigió cumplir un extraño requisito: chuparles los pezones como gesto de buena voluntad.

El texto, un tanto misterioso, sugiere que en su primer encuentro los dueños del barco le exigieron a Patricio hacer algo a cambio del viaje, a lo que él se habría negado, pero que luego reconsideraron la situación y le pidieron alguna muestra de confianza: «muéstranos tu amistad como prefieras» (fac nobiscum amicitiam quomodo volueris). Todo parece indicar que la exigencia a la que se negó Patricio era la de «chuparles los pezones» como muestra de adhesión o lealtad, por entrar en conflicto con su servidumbre y «temor de Dios» (propter timorem Dei).

«El día que llegué, el barco estaba a punto de zarpar. Dije que necesitaba embarcar con ellos, pero el capitán no se mostró nada complacido. Me respondió de forma desagradable y airada: «De ninguna manera querrás venir con nosotros». Al oír eso, los dejé y regresé a la cabaña donde me alojaba. Empecé a rezar mientras marchaba; y antes de terminar la oración, oí a uno de ellos gritarme: «¡Ven rápido, esos hombres te llaman!». Me volví enseguida, y ellos empezaron a decirme: «Ven, confiaremos en ti. Demuéstranos que eres nuestro amigo como quieras». Ese día, me negué a succionar sus pezones (Et in illa die reppuli sugere mammellas eorum) por mi temor de Dios. Eran paganos, y esperaba que llegaran a la fe en Jesucristo. Así fue como conseguí ir con ellos, y zarpamos enseguida».

Se ha indagado sobre el origen de este gesto y su significado, queriendo establecer paralelismos con textos de las Escrituras o tradiciones literarias cristianas, en las que las «mamas nutricias», dispensadoras de leche, son un atributo de Dios en su función proveedora y protectora de los miembros de su iglesia. Y tampoco faltan leyendas de santos amamantando al mismísimo niño Jesús. Es más que probable que el paralelismo formal exista, toda vez que en ambos casos se produce una apropiación de una cualidad materna por parte de varones en posición ventajosa o de superioridad espiritual. Pero está claro que su origen no es cristiano, pues mientras que en este caso es obvio su sentido figurado y valor simbólico, entre los irlandeses nada indica que no fuese un acto físico entre individuos. Además, el propio Patricio se lo atribuye específicamente a gentes paganas, a quienes quisiera convertir a la verdadera fe.

Fuentes antiguo-irlandesas

También se ha querido ver en el testimonio de Patricio, que no muestra asomo de extrañeza alguno, cierta familiaridad con el gesto, como si en aquel entonces hubiese sido de uso corriente. Y así ha debido ser, a juzgar por las fuentes irlandesas en lengua vernácula que contienen alusiones directas a este gesto. Estas fueron señaladas por M.A. O’Brien ya en 1938, en un breve artículo en el que recoge varios textos medievales en antiguo irlandés.

El mejor ejemplo se recoge en un manuscrito cuyo texto se data entre los siglos VII-VIII, la Saga de Fergus Mac Leite (TCD MS H 3 18, Echtra Fergusa maic Leite):

  • Is esside abac dide a ciche-som Fergusa gabais a gruaide inn-airide aanucuil…
  • «Este era el enano que chupó sus pechos [los de Fergus] y le cogió la mejilla como señal de pedir clemencia/protección»

Aquí se refiere un episodio mítico en el que por primera vez se menciona expresamente en la literatura gaélica al pueblo de los luchorpáin (la «gente pequeña» o leprechaum del folclore posterior). Según este relato, el rey precristiano del Ulster Fergus Mac Leite, habría luchado contra el rey de ese pueblo, lo habría vencido y, en reconocimiento de su superioridad, manifestaría su sumisión mediante este doble gesto: besar su pecho y cogerle la mejilla. A renglón seguido se afirma que esta costumbre habría sido introducida en Irlanda precisamente por esos seres diminutos, el pueblo o Túath Luchra.

También según O’Brien, otro texto más o menos contemporáneo, conocido como La expulsión de los Déisi, refiere estos dos gestos: gabáil ciche «tomar/agarrar el pecho» y gabáil gruaide «tomar/agarrar la mejilla» como signos que sellan una alianza o juramento de amistad.

El leprechaum es una figura tradicional del folclore irlandés, asociada al oficio de zapatero. La tradición lo representa como un zapatero «de un solo zapato», pequeño, solitario, astuto y travieso. La olla de monedas de oro alude a su condición de guardián de un tesoro oculto. Según el folclore, capturar a un leprechaum podía permitir descubrir dónde escondía su riqueza, aunque su astucia hacía muy difícil arrebatársela.

O’Brien continúa con otro documento, las Tríadas (63):

  • Tri meinistri fer Fine .i. cích, grúad, glún.
  • «Las tres garantías [o prendas de la dignidad] de un hombre libre: el pecho, la mejilla y la rodilla

De esta manera se expresa el uso de estas tres partes del cuerpo en gestos garantes de un compromiso (como, entre nosotros, estrechar la mano).

Como podemos observar a través de estos ejemplos, coger o besarle el pecho a aquel a quien se solicita protección, amistad o patronazgo, puede acompañarse del ademán de tocar/cogerle la mejilla. Imaginándonos esta postura, enseguida se nos viene a la mente el comportamiento de un bebé lactante mientras mama, pues es fácil verlo extender la manita hacia la mejilla de la mamá, intentando ampliar el contacto y estrechar los vínculos.

A fin de cuentas, este debía ser el significado primigenio del gesto: emular el comportamiento de un niño que necesita que una persona adulta lo sostenga y proteja. Al cabo, evocando el mayor gesto de dependencia, pero también de cariño entre dos personas, el sugere mammellas irlandés acabaría señalando tanto un vínculo de poder/dependencia entre rey y vasallo, señor y cliente, como entre buenos amigos, afirmando entre ellos una relación de completa confianza.

¿Pero, qué pasa con la rodilla?

Una vuelta por el mundo homérico

Fuera de los ámbitos culturalmente lejanos en los que la gente asiente y niega con la cabeza al revés que nosotros, o se saluda afectuosamente escupiéndose a la cara, la gestualidad de la amistad y de la subordinación entre nosotros es muy variada pero también muy persistente a lo largo del tiempo. Extender la diestra (no cualquier mano, sino sólo la derecha, la de buen augurio) se remonta a hace más de 4000 años en el Próximo Oriente. Nosotros la hemos heredado, seguramente, de los romanos, dextrarum iunctio, aunque sabemos que los celtíberos (los celtas de Iberia) también la usaban en su iconografía de los pactos de hospitalidad.

Respecto a los gestos de sumisión, vasallaje, patronato/clientela, etc., nos resultan familiares el postrarse (prosquinesis) o arrodillarse (genuflexión) ante el señor, dos gestos que pretenden evitar la mirada directa a los ojos, y que favorece acceder cómodamente a las rodillas del «amo», sea dios o sea humano. Por lo mismo, el acto de abrazar las rodillas del interlocutor es lo común en la obra homérica entre personajes que solicitan hospitalidad, demandan un favor o piden clemencia.

Hiketeia «súplica»
Tetis implora a Zeus que favorezca a Aquiles en la guerra de Troya, abrazando con el brazo derecho sus rodillas mientras toca su mentón con la mano izquierda. Así parece asegurarse la aprobación del dios, que asiente con la cabeza, obligado por la constricción religiosa de la súplica (Ilíada I, 500–502).
La Antigüedad no nos ha dejado ninguna imagen de la escena homérica; así la imaginaba en el siglo XIX Jean-Auguste-Dominique Ingres, Júpiter y Tetis, 1811 (Museo Granet, Aix-en-Provence. Imagen de dominio público).

Volviendo a los irlandeses, ¿será esta hiketeia griega un gesto equivalente al del enano que coge de la mejilla al rey Fergus pidiendo clemencia? Desde el punto de vista simbólico quizás lo sea, pero lo cierto es que no podemos asegurarlo. Lo que sí podemos afirmar es que sugere mammellas no es un ademán conocido fuera de Irlanda entre los pueblos indoeuropeos que nos suelen servir de referentes comparativos. Aunque es posible que guarde cierta conexión un término del vocabulario religioso del ámbito galo-romano, como veremos a continuación.

La semántica del pecho en las instituciones jurídicas de la alianza y en la teonimia celta

De lo que hemos estado tratando, básicamente, es del lenguaje verbal y gestual de la dependencia y la subordinación social: de los niños respecto a sus padres; de los que necesitan favores respecto a quienes los conceden; de los vencidos respecto a los vencedores… Usarían también este lenguaje los amigos, pero es difícil reconocer la simetría y la reciprocidad propia de la amistad en una relación en la que solo una de las partes presta diferentes partes de su cuerpo como prendas de un compromiso, de un juramento.

Pese a ello, lo cierto es que el vocabulario gaélico acabará usando el término para «pecho» (cích) como metonimia —expresión por proximidad—, de la alianza, y como sinónimo directo de cotach (tratado de amistad) y cairdess (amistad).

Por ejemplo, en Táin Bó Cúailnge, como señalaba O’Brien:

na bris chig, na briss cairdess
«No rompas la alianza —chig—, no rompas la amistad».

De manera similar, en un poema que profetiza los males que asolarán el mundo al final de los tiempos (ZCP VIII 195 §4):

  • Báithfithir cích ocus cothach
  • «Serán destruidos el cích y el cotach (la amistad y la alianza)»

O también, en Anecdota I, 4, 2:

  • ata mór dona doinib fo chichib macni nOeda
  • «Hay muchas personas bajo la protección (literalmente: «bajo los pechos») de los hijos de Aed»; etc.

Esta evolución, desde el gesto físico al sentido figurado del pecho cích, ha podido darse también en la Galia, pues se conoce un epíteto divino galo, es decir, un adjetivo añadido al nombre de un dios, cuya etimología es la misma que la del irl. cích. Se trata de Mars Cicolluos, la mención del dios romano de la guerra Marte con una caracterización nativa expresada por ese epíteto galo: «del ancho pecho». Lo interesante de este teónimo, documentado de forma exclusiva entre el pueblo galo de los Lingones, es doble: esa cualidad física, de «ancho pecho», ha sido interpretada también como una capacidad simbólica, la de acoger gran cantidad de protegidos; y está el hecho de asociar esta cualidad con un líder guerrero, un dios galo de la guerra asimilado a Marte.

Con este correlato del continente se perfila mejor la imagen de aquel personaje a quien corresponde ejercer dominación y acoger bajo su protección a muchos seguidores. Si en las fuentes irlandesas hemos visto como el «pecho» se abría de manera genérica a cualquiera con quien entablar una relación o establecer un compromiso, del tipo que fuere, también hemos podido reconocer el carácter privilegiado de quien está en posición de prestar su pecho, su capacidad de protección, a personas dependientes. Esos individuos no serían del tipo de los navegantes que acogieron a Patricio, sino de los líderes políticos y militares de sus respectivas thúata o comunidades, como eran los reyes míticos mencionados, Fergus y Aed.

No solo la epopeya, sino también las Leyes históricas irlandesas, definen a esos reyes como el centro de las lealtades de su pueblo y de una amplia corte de clientes, que le debían fidelidad y obediencia a cambio de contrapartidas como la justicia en el desempeño de su cargo y una gran generosidad, repartiendo regalos y el botín producto de sus saqueos y razias de ganado, pues el rey es el líder guerrero que encabeza la hueste (slógad).

En definitiva, si hay un personaje real correlato del Marte Cicolluos, sin duda es la figura del rey tribal céltico, todavía vigente en la Irlanda altomedieval, cuando en la Galia romana del siglo III esta figura no podría funcionar, apenas, más que como modelo religioso: el de un dios de ancho pecho capaz de mantener cohesionada una comunidad de devotos o, aún mejor, la «ciudad» galo-romana de los Lingones, a modo de divinidad tutelar.

Quizás no sea tampoco casualidad que las menciones a Cicolluos suelan acompañarse de la diosa Litavis, cuya etimología «extensa, ancha», revela la característica relación íntima entre un dios guerrero y una diosa de la tierra, aquella sobre la que se fundamenta la realeza céltica.

Si hubiese algún dato o prueba externa que permitiese asentar la idea de que el sugere mammellas irlandés tiene algún fundamento histórico, con bastante probabilidad apuntaría a la figura del rey celta. De hecho, se han identificado materiales arqueológicos que podrían confirmar la importancia de los pezones en la expresión de autoridad y poder de ciertos personajes irlandeses de la Edad del Hierro, remontándonos incluso a la Edad del Bronce.

Arqueología de los pezones

Las abundantes turberas irlandesas acogen gran cantidad de restos humanos depositados a lo largo de la Prehistoria y excelentemente conservados, conocidos como «bog bodies», «cuerpos de los pantanos», etc. Dos de ellos, el Hombre de Old Croghan y el Hombre de Clonycavan, aparecidos recientemente, han llamado la atención del arqueólogo y conservador del Museo Nacional de Irlanda, Eamonn P. Kelly, por un rasgo muy peculiar: el tratamiento especial de sus pezones.

Estos dos cuerpos se caracterizan por presentar, en origen, unas buenas condiciones físicas y otros detalles que apuntan a hombres de elevado estatus social (uñas cuidadas, peinado con resinas de importación…). Como otros muchos de estos cuerpos, fueron víctimas de una muerte violenta, con heridas y mutilaciones postmortem especialmente cruentas. Entre ellas, la extirpación de sus pezones. Este signo fue inmediatamente asociado por Kelly, como no podía ser de otra manera, con el gesto mencionado por Patricio, y lo puso en contexto para proporcionar una atractiva hipótesis sobre estos dos hombres de los pantanos.

Antes de proseguir, conviene hacer algunas puntualizaciones preliminares. La realeza irlandesa de la Edad del Hierro, heredada en época altomedieval y vigente prácticamente a lo largo de todo el primer milenio, se categoriza como una realeza electiva, de naturaleza sagrada, asimilable a los sistemas de jefatura más complejos descritos por la Antropología entre las sociedades etnográficas modernas. El «trono» no era hereditario, sino electivo, lo que imponía severas exigencias a todos los candidatos y permitía deponer a los reyes electos en caso de incumplirlas. Entre esas exigencias, expresadas como virtudes propias del candidato idóneo, figuraba la capacidad mágica o «sagrada» de asegurar la prosperidad general de su reino, ante cuya falta la túath (la tribu) se veía en el legítimo derecho de deponerlo y acabar con su vida. El buen rey era el que reinaba con verdad y justicia (fír flathemon «la verdad del príncipe»), de manera que toda desgracia sobrevenida al reino se atribuía a una falta cualquiera, física o moral, de su soberano.

El rey falso o mentiroso (gáu flathemon) provocaba la ruina del reino (malogro de las cosechas, esterilidad animal, hambre, epidemias, derrota…), pero también se le exigía ser físicamente perfecto, completo y sexualmente capaz; de no serlo, se creía que sus imperfecciones y decadencia física proyectaban esas mismas faltas sobre toda la túath. Además, se confiaba en su potencia sexual para fecundar simbólicamente a la diosa tierra (la Flaith “Soberanía”) y garantizar su productividad futura. Esta imagen del rey céltico nos devuelve a la pareja de las divinidades galas Cicolluos y Litavis, si recordamos lo dicho anteriormente.

Este rodeo nos sirve para volver sobre la hipótesis de Kelly y entenderla adecuadamente. La muerte de las gentes de los pantanos suele interpretarse como resultado de una matanza ritual, de un sacrificio o, como en este caso, de un ajusticiamiento. Puesto que la ley y la costumbre permitían matar a los reyes cuyos reinados no habían satisfecho las expectativas del pueblo, los pantanos, lugares eminentemente fronterizos y sagrados en el mundo antiguo, pudieron ser los lugares idóneos para ejecutarlos.

En esos rituales los cuerpos fueron objeto de toda clase de golpes (apuñalamientos y machetazos mortales, tajadas abdominales [¿con evisceración?], decapitaciones, desmembramientos… y, finalmente, cortes en los pezones. Parece razonable suponer que este órgano es aquel del que debe ser privado ritualmente el rey cuyos pechos ya no sirven para su cometido simbólico original, que es proveer de sustento y protección a su pueblo, a todos cuantos en algún momento depositaron su confianza en él. Desde luego, cortarle los pezones en este contexto parece la lógica consecuencia de perder la prenda puesta como aval de un compromiso incumplido.

Reconstrucción hipotética de la colocación de una gola/pectoral de oro de la Edad del Bronce Final, según se propone en el National Museum of Ireland

A todo esto, añade Kelly otro dato iconográfico de lo más sugerente: la forma de las golas o pectorales de oro irlandeses de la Edad del Bronce Final (ca. 900 a.e.) Estas son joyas masculinas de uso ceremonial, con forma de pectorales cuyos terminales presentan forma redonda con una protuberancia en el centro. Cuando se colocan colgadas del cuello, los terminales caen un poco más arriba del pecho y la forma, efectivamente, sugiere la forma un tanto estilizada de unas mamas. Kelly insinúa que el simbolismo del pezón como símbolo de autoridad, fertilidad y soberanía, podría remontar ya a esta Edad del Bronce, como podrían sugerir los terminales de estas valiosas joyas de oro.

Recapitulación

Llegamos al final de una historia que empieza tarde, en época medieval, y acaba temprano, en plena prehistoria, siguiendo el hilo conductor de unos pechos masculinos de insólitas facultades. Este viaje parte de la Irlanda cristiana de Patricio, atraviesa la religión celto-romana de la Galia, sigue por la institución de la clientela en la edad del hierro irlandesa, y remonta a la edad del bronce, cuando quizás se pierda definitivamente el rastro de aquellos pechos. Su compleja simbología nos conduce desde la conformidad entre amigos a la ejecución de un rey inepto, pasando por la demanda de favores ante un señor o clemencia ante un vencedor que podría decidir, ocultando esos pechos, matar o dejar morir al eventual suplicante, como hiciera el homérico Odiseo negándole sus rodillas al vidente Leodes durante la matanza de los pretendientes.

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